martes, 20 de octubre de 2015





















SIGLO XXI

En este mundo de ególatras compulsivos y de sordos patológicos, en esta vida de dientes para afuera y de muros infranqueables, ¡cómo se desvanece la flor sin la luz del mediodía!. Y se hace el hombre ciego sin necesidad de serlo, se otorga manco, palurdo, esquivo y transitorio; son tan pocas las almas llanas, generosas y tranquilas.
Porque es más fácil pasar sin querer percibir, hablar sin escuchar, tocar el aire que se respira sin tener que hacerlo presionando la carne caliente, la humana, la poco importante.
El mundo ha cambiado como ese árbol del valle que ahora descansa disminuido en un oneroso macetero Bonsai.

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